Para ser achepé, hay que nacer achepe

It is not flesh and blood but the heart which makes us fathers and sons.  ~Johann Schiller

Wow.  Hace mucho que no escribo en mi blog.  Pero la motivación de escribir hoy es rara.  Yo me fui de Puerto Rico hace tiempo ya.  Las razones son variadas.  Ahora aquí en Japón la vida sigue siendo la misma mierda.  Los problemas siguen a uno hasta el fin del mundo.   Y no me refiero al mega terremoto que afectó a Japón hace poco y sus terribles consecuencias.  Me refiero a los problemas que pensé que se habían quedado en Puerto Rico.  Esto de las telecomunicaciones hace que el planeta se vuelva mas pequeño de lo que debería ser y las noticias no tardan en llegar.  Mientras veía uno de los mas recientes episodios de House, un personaje dijo lo siguiente: “You don’t get it. If I ever see my dad again, I’ll kill him.”  En ese instante, me acordé de un sueño que tuve hace poco donde yo mataba a mi padre.  En ese sueño me desquité de todo el desprecio (quizás odio) que le tuve y le tengo a mi padre.  Mientras procedía en aplicar todo mi conocimiento en como destrozarle su brazo, esa ilusión de mi padre me pedía misericordia.  Yo lo ignoré y en esos instantes que sentía su brazo convertirse en varios pedazos, me levanté.  Mis primeros pensamientos no fueron de remordimiento o de arrepentimiento, sino de auto evaluación de mi técnica de como había destrozado su brazo.  En lo profundo de lo que me queda de alma, todavía recuerdo los buenos momentos que pasé con mi padre.  Pero el resto de los recuerdos de los momentos no tan buenos superan en número a aquellos que considero buenos momentos.  Aún cuando escribo en la computadora o en algun procesador de palabras recuerdo que fue él quien me enseñó las reglas de mecanografía: dos espacios luego del punto, un espacio luego de una coma.  También recuerdo la primera vez que robé.  Fue en una tienda en mi pueblo Humacao llamada Barkers (que luego se convirtió en un Kmart) que me antojé de unos encendedores Bic.  Justo cuando entraban mis padres en la fila de la caja registradora, fui a la góndola donde se encontraban los encendedores, los agarré y los escondí dentro de mis pantalones.  “El plan perfecto” me dije con 5 años de vasta experiencia en este planeta.  En ese momento mi madre me llamó como solía hacerlo con esa voz de pregonera de plaza pública que estaba esperando por mí para irnos a nuestra casa.  El plan perfecto quedó destrozado justo cuando alcanzaba la puerta mecanizada.  Iba corriendo hacia ella cuando el paquete de encendedores empezó su perfecto escape por el lado de mis pantalones.  Creo que no mencioné que mis pantalones eran cortos.  De esos que existían en los años 80 y que el único punto de contacto con mi piel era el elástico alrededor de mi cintura.  Al llegar al lado de mi madre el paquete de encendedores yacía en mis pies.  Solo me imagino la cara que puse.  Ni tonto ni perezoso le dije a mi mamá que tenía que ir a usar el baño.  Corrí hacia el baño y me miré en el espejo y comenzé a formular mentiras para tratar de salvarme de la tunda que me iba a dar mi mamá ya que ella era la que repartía fuete en mi casa.  El sonido de la puerta de ese baño abriendo fue interrumpido por mi voz chillona diciéndole a mi mamá que no podía entrar al baño porque en los baños de nenes no pueden entrar nenas.  Para mi sorpresa, quien estaba entrando no era mi madre, era mi padre.  Y venía acompañado de un pedazo de madera que prontamente reconocí como una regla de medir old school.  De esas reglas que eran casi de media pulgada de espesor de madera sólida.  Mi padre me preguntó si yo había tratado de robar esos encendedores.  Yo le dije que no sabía de lo que estaba hablando.  En esos momentos mi padre me ordena que extienda las manos hacia él.  Con dudas de que estaba haciendo lo correcto, o mejor dicho, lo mas conveniente para mi comenzé a extender las manos y en un santiamén recibí la primera descarga de varias de la varita mágica de disciplina.  Cuando salí de ese baño, ese walk of shame donde las miradas de los adultos que observaron mi fallido intento de cometer hurto fue el insulto a mi herida (insult to injury).  Durante mi niñez todo lo que recuerdo de mi padre fue que era un hombre trabajador, que tocaba el piano y la guitarra, que jugaba pelota dominguera con Humacao y luego con Juncos y que la mayoría de las veces me hacía reir.  Al ir creciendo y abriendo los ojos un poco mas, el cambio fue drástico.  Las desiluciones, las discuciones con mi madre, su desempleo debido a su relación adúltera y sus consecuencias con mi familia.  Me acuerdo de los días que ignoré por completo mi cena para que mi madre tuviese algo que comer, de aquellos días que mi madre me daba dos dólares antes de ir a la escuela con lágrimas en sus ojos y me decía que no los malgastara porque era lo único que podía darme para el resto de la semana y yo en cambio esperaba a bajar del vehículo y deslizar esos mismos dos dólares en su cartera para que ella tuviera con qué defenderse.  Recuerdo la vez que mi padre y yo nos enfrascamos a puño limpio cuando me dijo que no me iba a ayudar mas a costear la universidad y por ende terminó botándome de su casa.  Por 6 meses fui un vagabundo, durmiendo donde me sorprendiera la noche, pasando hambre y frio, sin rumbo y sin esperanza.  Luego de varios años regresé brevemente a Puerto Rico donde tuve la última conversación que tuve con mi padre donde le anunciaba que me iba con los Marines a Dios sabe donde.  Y por supuesto, fue una conversación telefónica.  En ese momento mi padre me dice con voz temblorosa ” Mijo, pues, cuidate por allá y si en algún momento te he fallado te pido perdón.”  Yo le iba a contestar que no se preocupara pero ni siquiera me dio esa oportunidad ya que colgó.  Ni siquiera hice el intento de llamar de nuevo.  Solo dije en mi mente “huelebicho”, puse mi celular en mi bolsillo y seguí andando.  Y lo que me hace ser hoy quien soy, lamentablemente, en parte se lo debo a él.  Mantengo en mi mente esas buenas enseñanzas que me impartió y también esas cosas que él hizo que afectaron a mi familia negativamente.   Por eso si algún día vuelvo a ver a mi padre, espero que no sea que esté dependiendo que le salve la vida.

About Martillo

Martillo, el sabelotodo por excelencia. No pierde ni una. Aguanta presión.

Posted on March 27, 2011, in Uncategorized. Bookmark the permalink. Leave a comment.

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